En la cama.
Menos de diez años.
Junto a mí abuela ciega.
Antes de dormir.
Los nudos que quedaban al descubierto
sobre las tablas de nogal
con las que habían sido fabricado
el enorme armario
que llevaba encastrado
dos grandes lunas
empezaron de pronto a formar
en mi mente
toda clase de grotescas caras
que iban evolucionando.
Dejando de ser unas
para aparecer otras.
Un magnífico mundo
que se tornaba
cuando él así lo decidía
en tétrico y espantoso.
Al final,
el sueño me rendía
y hasta la siguiente noche.
Dorita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario