El día de la Magdalena,
patrona de Rucandio,
después de misa
disfruté como una niña
escuchando
las alabanzas que de mis padres
hicieron.
Mi madre ejerció la medicina
desde los 12.
Don Benito, el responsable
de la zona,
no alcanzaba a atender
a tantos pueblos.
Primero le enseñó
a poner inyecciones
y poco a poco fue llegando
todo lo demás.
Solo en caso de extrema necesidad
se le podía ir a molestar.
Bueno, pues eso,
fue un derroche de satisfacción
escuchar tantas alabanzas
a mis progenitores.
Eso antes de comer.
Estaba por la tarde volviendo
de dar un paseo
y desde lo lejos
pude escuchas a las que me deleitaron
como me estaban despellejando.
Cuando pasé a su lado,
creyendo que nada había oido,
me invitaron con ellas a pasear.
¡No me lo podía,
ni aún me lo puedo creer!.
Dorita.
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