De joven cantaba
la emoción que en mí
la vida provocaba.
Hoy canto,
en él resuenan
viejas vibraciones.
Acarician mi alma.
Traen al presente
bellas estampas
de lo vivido,
de lo soñado,
de lo creído.
Dorita.
De joven cantaba
la emoción que en mí
la vida provocaba.
Hoy canto,
en él resuenan
viejas vibraciones.
Acarician mi alma.
Traen al presente
bellas estampas
de lo vivido,
de lo soñado,
de lo creído.
Dorita.
Clavó la luna
sobre una rosa roja
un rayo.
Palideció.
Pasados los días,
dejó la rosa
de ser roja
transformándose
en una hermosa
blanca rosa.
Dorita.
Hoy,
ma cayó la melancolía
como un jarro de agua fría.
Sensación de desgana
sin razón aparente.
La luz,
intentando atravesar
el ambiente húmedo y frío,
no logra
hacerme soñar;
acarician mi mente
recuerdos de otros tiempos
que, de repente,
se me antojan mejores.
En un intento desesperado
de evitar la tristeza
rápidamente me arreglo
y corro tras de un café americano.
Pretendiendo,
por el gusto,
dar un masaje al cerebro
y alegría al corazón.
La nieve, prudente,
se ha quedado en las montañas.
El inmaculado sudario
cubre los cuerpos de los infelices
atrapados por las garras de la parca.
Que crezca,
que crezca el día,
que vuelvan las flores a los cerezos,
que vuelva la vida a nuestras casas.
Dorita.
Su amiga,
la Lavandera,
está triste,
está compungida.
Todas las mañanas,
al ir al colegio,
le da unas miguitas
de su desayuno.
Hoy no ha querido
regalo ninguno.
Le gusta saltar
sobre los charquitos;
no ha podido
están heladitos.
Al Sol le ha pedido
que madrugué más,
que caliente el agua,
que su amiguita
se ponga contenta,
de muchos saltitos,
que coma de su pan.
pequeños trocitos.
Dorita.
Tengo una margarita.
Es mi amiga.
La veo en el parque.
Ayer,
un perro suelto y grandullón
la pisó.
Quedó espachurrada mi margarita.
Mi madre dice
que ponga una piedrecita,
que allí estará, en abril,
mi margarita.
Yo solo pienso
en lo mucho que sufrió
la pobrecita.
Dorita.
Lo intentas
con migajas.
Se contentará,
será suficiente.
Poco a poco,
día a día,
se olvidará.
No.
Sigo reclamando
lo que es mío,
lo que me pertenece,
lo que se me está negando.
Dorita.
Como si de una limosna
se tratara;
ando pidiendo
lo que es mío,
lo que me pertenece,
lo que ....
se me está siendo negado.
Dorita.
Tiene
mirada pulcra,
cae silenciosa
sobre el gato acurrucado.
Inmóvil en el poyete.
Meditabundo.
Haciéndose cargo
que las largas tardes
que faltan por llegar.
Mirada campesina
que acompaña el trasiego
de los últimos Mohicanos.
Van y vienen
con sus piñas,
con las manzanas
que se resistieron a caer.
Cuatro setas para la cena,
algún que otro membrillo.
Tiene sabor
a casa abierta
con fuego crepitante,
dispuesto a calentar
a quien atraviese su dintel.
Dorita.
Soñabais la primavera.
Flores,
versos.
Inmenso universo de girasoles;
de sopetón,
un mar de rosas marchitas.
Las alondras y los mirlos
abandonaban el canto.
Erráticos sonidos
destrozados por el llanto.
Domingos
cayendo del calendario.
Los fantasmas se llevaron
los badejos del campanario.
Tiemblan los cimientos.
Tiemblan los monjes
desbordados
por los incesantes rezos.
Un solo país.
Un solo corazón.
Un solo puñal clavado
esperando ser arrancado.
Granada
puede entender, con rabia,
la tragedia desgranada.
Dorita.
La lagartija rosa
es un poco miedosa.
Me mira de reojo.
Se esconde de mis ojos.
Se escapa entre las piedras.
Corre entre las hierbas.
Nunca se deja coger.
Yo no la quiero hacer daño,
solo que esté en mi casa
durante todo el año.
Dorita.
Soldados
una piña,
un corazón.
Entre la blanca nieve.
Hombres
con una sola visión,
una sola misión.
Entre la blanca nieve.
Jinetes
llevando en su alma
la victoria.
Entre la blanca nieve.
Valientes
que no escuchan a la humillación,
a la derrota.
Entre la Inmaculada nieve.
Portadores
de la espada.
Entre la blanca nieve.
Liberadores de ataduras,
destructores de injusticias,
portadores de la Paz.
Entre la blanca nieve.
Dorita.
Poco importan
los nombres
de quienes físicamente
van destruyendo vidas;
Es el rayo exterminador
de las mentes corrompidas.
Dorita.
Se halla exhausto.
Busca en las nubes cobijo.
Necesita reposar,
ser suavemente acunado.
Su protección segura.
Su trabajo impecable.
Tras el respiro,
energías renovadas,
como un rayo
hasta la victoria.
Dorita.
Al lagarto Alcántaro
le gusta mucho el Sol.
Se ha sentado
debajo de un girasol.
Es tranquilo,
es viejo el lagarto Alcántaro.
Se lleva bien con todos,
no rompe ni un plato.
Sus ojos azulados
ya tienen cataratas;
se niega
a ponerse gafas.
Dorita.
Al Ratoncito Pérez
le duele una muela;
no lo puede entender
el doctor dijo
que no había caries en ninguna.
Al Ratoncito Pérez
se le mueve un diente.
Anda preguntando
si alguien conoce
al que le pondrá su presente.
Dorita.
Hay refugios en le luna.
Su fría cara esconde
cuevas profundas,
surcadas de estalagmitas.
Catedrales
habitadas por murciélagos.
Soles subterráneos.
Cielos escondidos
abriendo sus manos
a mundos desconocidos.
Dorita.
Los lobos
no paran de aullar.
Nada que ver
con la luna.
Peligro latente
en toda la humanidad.
Dorita.
Nadie quiso saber nada de él;
había enseñado la pata.
Le vistieron de carnero.
Al llegar la matanza,
todos se llevan
las manos a la cabeza.
Dorita.
Los ojos,
dónde ya sabéis,
abiertos,
asombrados,
cargados de desilusión.
¿Quién los podrá cerrar?.
La guadaña
cebada con el lugar.
Cielo deslucido.
No para de llorar.
Resistió lo indecible.
Al final,
sucumbió al desastre.
Solo quiere
que cuando se vista de raso
todo resucite.
Dorita.
El regusto por el pasado
signo de vejez.
Ando por el camino.
Hasta las monjas del colegio
dónde cursé bachillerato
se me representan
como heroínas.
Sabiduría y cordura
rezumaban estas mujeres.
Con calzador en el centro.
A los nueve sin leer.
Ironías de la vida,
mi profesora la Mateo.
Santanderina,
amiga de Gerardo Diego.
Se topó conmigo.
Como si tal cosa.
Aguantando el chaparrón.
La Iturriaga, con sus notitas,
chivándome
lo que al día siguiente sería preguntada.
Deslumbrando a una clase
que no entendía
lo que había ocurrido
con la paleta.
La Zubizarreta,
joven licenciada,
se desvía en alagos
al sacarme a la pizarra.
Por mucho que intento
descubrir
las bondades de esta época,
no lo logro.
Me disciplinaron.
Estudiante de por vida.
Dorita.
Se pueden hacer milagros.
Desclavar los clavos de las cruces.
Dar sin esperar.
No sirve de nada
machacar sobre la pared tu cráneo.
Ningún ciego
la luz recupera,
si se niega a ser tocado por el barro.
Dorita.
Sola
entre otros árboles,
a los que encuentras extraños.
A pesar de tu grandeza y elegancia
rezumas tristeza.
Vives la injusticia
de no poder vivir en la dehesa.
Que sepas
que tu presencia
mi soledad comparte.
Tus compases
aligeran mis pesares,
acunan mis sueños,
vivifican mi vida.
Nuestra encina
no es vieja,
solo tiene una veintena de años,
fue plantada
frente a la ventana de mi cocina.
Ha compartido,
en silencio,
mis soledades.
Buena maestra,
no ha parado de enseñarme;
lecciones
que yo no he aprendido.
Tan transparente
que pretendieron eliminarla.
Fue la vida
quién lo evitó.
Agradecida,
de tiempo en tiempo,
nos regala esmeraldas.
Dorita.
Anda la Luna dormida,
necesita descansar.
Hasta ella
la barbarie no ha de llegar.
Está vieja,
está cansada para tantos sinsabores.
Para derretir el hielo,
la falta energía.
Ya no hay música,
ya no hay cantos;
hay hombres valientes
luchando hasta terminar exhaustos.
Corre su sangre caliente,
en medio de los tormentos.
Dorita.
El mismo agua
que hiere y carcome a la piedra
hace brotar la hierba,
da vida a los árboles.
Dorita.
No quiero sentir,
en mi corazón,
larvas de insectos.
Desconozco
en qué terminaran.
Si fueran
de mariposas blancas
las protegería.
Abejorros ruidosos
me repugnan.
Planto
Rosales y lirios.
Acepto las espinas
presagio
de belleza desbordante.
Blancas azucenas
que me arranquen
la pureza de la infancia.
Dorita.
Anda la Luna estrellada
sobre los campos
de los trigos machacados.
Tánatos,
enseñoreado en el lugar,
no parece dispuesto a abandonar.
Aión presiona
seguro de resolver la tragedia,
de evitar más muertes,
de gozar con los humanos
por siempre la eternidad.
Dorita.
No quería estudiar,
ni ser alguien en la vida.
Quería
que me dejasen en paz.
Vivir, así,
como las ranas,
como las golondrinas.
No me fue posible.
¡Tanta la presión!.
Sobreviví
trabajando con tesón.
Dorita.
¡Cómo echo de menos
los besos de la brisa,
la risa de los pájaros,
a las margaritas.
El viento, hoy,
arrastra tantas hojas
que los pobres árboles
van quedando esqueléticos.
Para mí sorpresa,
se han escapado hasta verdes.
La tristeza
quería cogerme.
No lo logró.
Las hojas sobre el suelo
rezuman frescura y color.
Dorita.
En la Tierra
se ha puesto el Sol.
El trigo segado,
almacenado,
clama por alcanzar
las bocas insatisfechas.
La tristeza
ha caído sobre los campos
que no son para su fin
utilizados.
El Sol anda esperando
resucitar
un buen día.
Dorita.
Los álamos,
del parque,
siguen tan verdes
como en agosto.
Tal vez,
más verdes.
Se desprendieron,
tiempo atrás,
de algunas hojas;
Vinieron
abundantes lluvias;
no acompañadas de frío.
Se espabilaron.
El humus,
sobre el césped,
desprende olor
a petrinor.
Ha tomado posesión,
ya anda añorando al invierno.
Dorita.
Dardos de fuego
volando por el aire.
Fueron presentidos.
Fueron anunciados.
No podemos decir
que nadie lo vio venir.
Podemos afirmar,
con rotundidad,
que primero fueron unos;
no éramos nosotros.
Después otros;
tampoco nosotros.
Si no actuamos unidos,
seremos todos
los que sucumbiremos
bajo el fuego volador.
Dorita.
Jamás pensó
tu bandera
ser por todos
tan querida.
Despleganda por el mundo.
La reina de las banderas.
Nunca perseguirte la gloria;
dejarás
en la memoria de los pueblos
tú impronta de grandeza,
de valentía,
de unidad.
Tú grito,
tú canto a la libertad.
Dorita.
El silencio
es blanco.
Blanca la luz
estallando en arcoiris.
Blanco
lo que el árbol calla.
Blanca la escarcha
purificadora del campo.
Blanco
el pañuelo izado al viento.
Pañuelo
portador
de sonrisas y alegrías.
Dorita.
Mujeres
de ojos limpios,inmaculados.
Las nubes las obedecen,
dejan caer el agua
sobre su pelo
para verlas andar así,
empapadas,
por el sendero.
No se aderezan
con pinturas y ungüentos.
Su piel
libre al viento,
el aire las besa
con cariño y tiento.
Curtidas por las tormentas,
despliegan una sonrisa
siempre abierta.
Frente con cordilleras.
De sus manos cansadas,
la música se eleva.
De tanto callar,
casi se las olvida el hablar.
No les importa la gente,
son transparentes.
Dorita.
De tanto llorar,
la tarde se ha descompuesto.
¡Quién lo diría!.
¡Con la alegría
que fue recibida!.
Cayó
racheada y fría.
Violenta y con contundencia.
Su presencia,
tristeza y escalofríos.
Dorita.
Con la varita de hada,
las mariposas
contarían cosas graciosas.
Las alas patas,
los pájaros amigos
de perros y gatas.
Los rojos azules,
transformando
su desbordante energía.
Los azules rojos,
sentirían
la chispa de la vida.
Los hombres hormigas
para que supieran
lo que pesan sus vidas.
Dorita.
Linchamiento
horripilante.
Esto
que vaya de entrada.
No debiéramos
analizar con primura
cómo nos encontramos
para haber llegado al
crucificale.
Cabeza bajo el ala
no evita el desaguisado
en el que nos encontramos.
Dorita.
Al acercarte
van viniendo
los veranos compartidos.
Las cerezas y los grillos.
Las candajas.
Las moñigas.
El burro de la señora Emilia.
Quedaron,
para siempre,
en tu piel y en la mía.
Cómo capas dando forma
a las perlas.
Lo que brilla en nuestras vidas
Las manzanas de la manteca
dejaron el olor
en nuestros intestinos,
guardando y asimilando los inviernos.
Tus mantos y los míos,
después de sacudir
el polvo del camino,
desprenden brillos
del oro de sus hilos,
del estampado de las estrellas.
A poco que uno tenga
prestos los sentidos
nota la belleza
del reconocerse,
del encuentro.
Dorita.
Quiso la luna,
un buen día,
alzarse hacía las estrellas.
Quería verlas brillar,
quería brillar como ellas.
Muy rara
la luna se veía,
tan diferente,
tan extraña.
Pasaron días y años,
su mirada entristecía.
Su blanca piel
una perla parecía.
Una noche,
un jovencito gitano
de su carita
quedó prendado.
Le dijo,
todo él enamorado,
que era linda,
diferente,
graciosa,
que en todo el firmamento
nadie brillaba como ella.
Dorita.
En medio
de un bullicio atronador,
el encontrarse
tras una búsqueda sin cuartel
con el silencio
es un privilegio.
Dorita.
Es cierto,
" no hay merecimiento en el nacer".
Cierto también
que si la inmortalidad existe
a todos nos será dada.
Se crea o no se crea
de igual manera
se perecerá cual hoja en el invierno
o se trascenderá
sin que porque con devoción
se haya creído
vaya por ello a asegurarse
un lugar privilegiado en el Olimpo.
De cualquier manera considero
que el creer
no es fruto de la desolación o el egoísmo,
más bien creo
en una predisposición innata
hacía un lado u otro
de la balanza
Dorita.
La luna lunita
"cascabelera"
besa al niño
en su boquita.
La luna lunita,
la gitanilla,
en los ojos del gato
¡ay! como brilla.
La luna,
sobre el camino serpentea,
no quiere
que la niña de su alma
en la noche se pierda.
Dorita.
El árbol caído,
no podrido.
Tras una larga noche dormido,
¿Alguien le ayudará
y así
volverle a ver erguido?.
¿Volverán sobre sus ramas
los pájaros hacer sus nidos?.
¿Volverá el viento
sus hojas hacer vibrar?.
¿Volverán las abejas
sus flores libar?.
Dorita.
Cada vez me cuesta más
entender
de los hombres su lenguaje.
¡Si al menos fuera capaz de callar!.
Con lo fácil que es
sentarse en una piedra al Sol,
dejarse visitar por las mariposas,
contemplar
cómo se esconden las lagartijas,
escuchar a los tordos y mirlos
yendo y viniendo a los laureles.
Aprender su universal lenguaje,
quedo, en calma.
Logra,
acariciando mi alma,
retornarme a un limbo
alejado de esta desquiciada
humanidad.
Cuando la piedra abandono,
me voy con la conciencia tranquila
de no haber ofendido a nadie.
Dorita.
La tarde,
angustiada por la pena,
rompió a llorar.
A la tarde se unieron
todos los disgustos de la humanidad.
No podía parar.
Se vio como descargaba
la rabia contenida.
Fue bueno.
Estuvo bien.
En los cuerpos no cabía
un solo quebradero de cabeza más.
Dorita.
El mar de espuma,
algodón de azúcar;
sus improvisadas dentelladas
empapan los huesos,
transformando en amargura
su estremecedora belleza.
Extrae lágrimas de sal
de los valientes
que para ganarse el pan
terminan a la deriva.
Dorita.
Le dijo la tarde al olvido
que al siguiente día volvería.
El olvido se olvidó
de lo por la tarde prometido.
Cuando la tarde llegó
encontró el lugar vacío.
La tarde se quedó sola,
solo se le ocurrió
alzar los ojos al cielo.
Lo que allí encontró
fue un tesoro divino,
obra maestra del color
que ya jamás olvidó
Dorita.
Es el corazón,
que pasea entre los pinos
bajo un cielo azul
para nada aburrido,
que recoge los membrillos
en las zarzas escondidos.
El que escucha
al arroyo temblar
con un canto melodioso
y en cada instante nuevo.
El que busca.
El que el reencuentro ansía.
El que en el retorno reclama
lo que sabe que es suyo.
Dorita.
También las olas se agitan
con este baile de muertos.
Su forma se descontrola.
El Sol intenta calmarlas
creando el arcoiris
entre una espuma encendida.
El arco
ya se escapó.
El Sol anda escondido.
Las olas se quedan solas,
agonizando en las sombras,
de un profundo y triste abismo.
Dorita.
En esta tarde otoñal,
vuelve mi sueño a soñar.
Le resucita el color
del rojo de los cerezos,
amarillo de los chopos,
entre un infinito de verdes
que por nuestro valle
se extiende.
Dorita.
Sobre las hojas marchitas,
pisoteadas y empastadas
por la lluvia,
quiso un rayo de sol
reflejar,
como en un espejo,
unas nubes cargadas de plomo
que al final
no estallaron
en ninguna tormenta.
Dorita.
Si no conociera tu pena,
tu amargura,
tu llanto entrecortado,
tus silencios.
No alzaría mi estandarte
elevando con él
todo mi respeto,
toda mi admiración.
Dorita.
Creyendo haber salido
de mi endémica soledad
lo celebro,
me vanaglorio de ello,
lo cacareo.
Justo ahí,
en el Zenit
siento el mazazo
que me hace caer del guindo.
Descubro el engaño,
me encierro en las valvas,
analizo lo vivido
y me encuentro con la rara,
con el perro verde
que siempre he sido.
Dorita.
Blanco fácil.
Movilidad inmóvil.
Vida regalando vida.
Brazos que acogen
un auditorio rendido,
deleitado
con las canciones del alma
de los pájaros cantores.
Dorita.
Nuestros árboles
no están marchitos.
El Sol,la lluvia,
la ausencia de frío
les hace gozar
como a benditos.
Dorita.
En sus negros ojos,
una espina
la rosa dejó.
Al deshojarse
aroma esparció.
De esos ojos radiantes
la sangre brotó.
Dorita.
Ya nadie se queda
para vestir santos.
Las chicas de hoy
ni piensan,ni quieren
parecerse a ellos.
Ni conocen sus historias.
Las chicas de hoy
dicen querer ser libres
acostándose
con quienes quieren,
cuando quieren,
decirles adiós
cuando les da la gana.
Llega un buen día
en el que,
de una manera u otra,
tienen que mirar a los ojos
a la esclavitud.
Dorita.
Los granos de la granada
desparramados
sobre el sembrado.
Al acercarse los grajos
se escapan descorazonados.
Espanto.
Buitres hambrientos
no osan descender su vuelo;
se quedan en las alturas
por los farallones amparados.
De ellos el sol radiante
extrae lágrimas rojas.
La lluvia,de la tarde,
por la estepa las esparce.
Dorita.
Sin palabras.
El lenguaje,
asustado por lo que acontece,
ha bajado a las trincheras.
La palabra calla,
reposa,
escucha,
acompaña.
Llegará un día
que la palabra tome la palabra.
Dorita.
Azul perezoso,
sonrisa en los labios escondiendo
lamento silente
del corazón roto.
Espinas,
que dejaron las rosas,
clavadas.
Los valientes
no lograron sacarlas,
ni sellar con cera y un beso
las heridas.
Dorita.
Están
los campos cansados
de no poder trabajar.
Tristeza
en los árboles.
El peso de los recuerdos.
Aquellas miríadas de pájaros
aterrizando en el grano.
No hay verdor
sobre la tierra.
Faltan los dibujos
de las rejas hendidas
en la tierra mojada.
Ni hadas,
ni gnomos.
Todos huyen despavoridos.
Dorita.
Las hojas de los árboles
tiemblan.
Los pájaros
se van de sus nidos.
Solo la muerte,
alimentada por la sangre,
se pasea cantando.
Lúgubre canción.
A todos estremece.
Dorita.
Nos alejamos los dos;
sin quererlo.
Sabiendo en el corazón
que aquello
hubiera podido ser.
Tus espejismos
evitaron el reencuentro.
Ha quedado
un vacío
que en esta vida
jamás será resuelto.
Dorita.
No es lujuria
sentir caer del cielo
flores,
alfombrado el suelo de pétalos,
no ver la sangre,
no escuchar las bombas.
Dorita.
Granadas
los corazones ardientes.
Bajo un cielo
cuajado de estrellas
ven a sus madres en ellas.
Cae la noche.
Desaparece la sangre.
Se escuchan palabras
atravesando montañas,
cantan sus nanas.
Atronador silencio
Bosque encantado.
Agua bendita
que hace posible
resistir otro día.
Dorita.
La mañana,
en algunos lugares,
no quisiera despertarse.
La mañana,
que rompe la noche,
no puede
con la sangrante oscuridad.
La mañana,
allí,
no sabe
cómo vencer a Satanás.
No sabe cómo vencer
a quien ha marcado de negro
los árboles,
a quien ha helado,
en el vientre de sus madres,
todos los sueños.
Dorita.
Quisiera yo ver
a esos negros gusanos
que habitan el alma
de aquellas personas
que miran al suelo
al ser saludas.
Quisiera increparlos,
invitarlos
a abandonar esos cuerpos
que sufren la desgracia
de ser habitados.
Como en un exorcismo,
obligarlos
a lanzarse al agua.
Dorita.
Los muertos
nos dejan su lírica.
No hay reproches,
ni malentendidos.
Ni dolor punzante.
Sí latente.
La no física presencia
transformada en conciencia
de constante existencia.
Jalea real.
La abeja extrajo
de la vida de la flor la esencia,
la encapsuló con cera.
Ahí perdura,
inamovible,eterna.
Dorita.
Ojos de lumbre y azabache.
Sonrisa amplia.
Juventud desbordante
en copa de cristal.
En ella
todo certidumbre.
Su hijo nacerá
en un país nuevo,
en un país libre.
Dorita.
Orgullosos de su hermosura.
Prendados de los niños,
de la fuente,
de mi mirada candorosa.
Paso entre ellos
por un caminito rojo,
falsamente adoquinado.
Mis brazos tocan sus ramas.
Van formando un enrejado.
Celosos andan del cielo,
para ellos solos quieren
ese bullicioso paraíso
que como el agua fina
va calando
en su ardiente corazón.
Se alzan
hacía la cegadora luz
que raya con el infinito.
Dorita.
Pétalos de rosa
sobre el lodazal.
Ahí quedan
en el abismo
todos los sueños benditos.
El carmín de primavera,
la flor del cerezo,
el cuco y la golondrina
han sido estrellados.
Huevos
sobre aceite hirviendo.
Dorita.
La paciencia
de estos jóvenes
tiene un tinte
de infinito.
No desencadenan
la violencia
sufriendo
todo un martirio.
Dorita.
Ángeles,
con grandes alas,
van
volando por el aire.
Gustosos de proteger
a quienes
no les hagan desaires.
Dorita.
La tarde
estaba cansada
hasta que llegó la tormenta.
Trayendo agua bendita
limpió a la tarde su cara.
Repiqueaban las gotas
sobre la arena mojada.
Sonaban las castañuelas.
La tarde se puso en pié
envuelta en una mantilla,
taconeando flamenco
bajo el embrujo gitano.
No abandonando su baile
hasta bien entrado el alba.
Dorita.
Es ella
quién está
en medio de ellos.
Todos la han visto.
De ella emana
el coraje y el valor
que brilla
en los ojos de ellos.
No abandona la batalla.
Invita a retroceder
al enemigo.
También este la ha visto
Ella,
izando un pañuelo blanco,
portadora de la paz.
Dorita.
Raíces
que extraen
de excrementos los nutrientes.
Nutrientes
que engrandecen.
Flores derramadas.
Primavera del alma.
Lluvia plácida
a quien el arcoiris acompaña.
Gotas de rocío.
Ansiados
copos de nieve.
Transfigurada la materia
brillando
en energía radiante.
Dorita.
No te vayas.
Ya lo sé,
no sólo extranjera.
Tú constitución,
tú color,
tú impronta.
Por ello
pisas fuerte sobre el asfalto,
la verde hierba ni se inmuta.
Resonará la melancolía
eternamente en tu estómago;
quédate.
Ni mejor,ni peor.
Aquí visible.
Dorita.
El viento,
este año,
no viene a llevarse las hojas.
El viento,
este año,
viene a arrastrar
turbios pensamientos.
Viene
a pulverizar el odio,
a secar las lágrimas.
Viene
a transmutar.
Trae sonidos de luz,
sonidos que animen a los manantiales
a derramar sobre la humanidad
agua viva.
Dorita.
Abierta
a todos los vientos.
Llama encendida
en huerto dorado.
Enigmática,
altiva,
generosa y comprensiva.
Luz que conoce
de un destino.
Entregada a los viajeros.
Mujer,
sobretodo mujer,
que adivina y calla.
Sabe
que nada está escrito,
que la última palabra
tendrá que ser esculpida
por las gentes que la habitan.
Entiende
de chanzas y verás,
de amores y de infortunios.
Los Ángeles,
que la penetran,
no la dejan escapar
velando por una hermosura
que nadie ose arrebatar.
Dorita.