Tiene
mirada pulcra,
cae silenciosa
sobre el gato acurrucado.
Inmóvil en el poyete.
Meditabundo.
Haciéndose cargo
que las largas tardes
que faltan por llegar.
Mirada campesina
que acompaña el trasiego
de los últimos Mohicanos.
Van y vienen
con sus piñas,
con las manzanas
que se resistieron a caer.
Cuatro setas para la cena,
algún que otro membrillo.
Tiene sabor
a casa abierta
con fuego crepitante,
dispuesto a calentar
a quien atraviese su dintel.
Dorita.
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