Cada vez me cuesta más
entender
de los hombres su lenguaje.
¡Si al menos fuera capaz de callar!.
Con lo fácil que es
sentarse en una piedra al Sol,
dejarse visitar por las mariposas,
contemplar
cómo se esconden las lagartijas,
escuchar a los tordos y mirlos
yendo y viniendo a los laureles.
Aprender su universal lenguaje,
quedo, en calma.
Logra,
acariciando mi alma,
retornarme a un limbo
alejado de esta desquiciada
humanidad.
Cuando la piedra abandono,
me voy con la conciencia tranquila
de no haber ofendido a nadie.
Dorita.
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