Orgullosos de su hermosura.
Prendados de los niños,
de la fuente,
de mi mirada candorosa.
Paso entre ellos
por un caminito rojo,
falsamente adoquinado.
Mis brazos tocan sus ramas.
Van formando un enrejado.
Celosos andan del cielo,
para ellos solos quieren
ese bullicioso paraíso
que como el agua fina
va calando
en su ardiente corazón.
Se alzan
hacía la cegadora luz
que raya con el infinito.
Dorita.
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