Caldo de cultivo,
volvieron las especies
a saborear el agua;
arrancando los colores
y los sabores del alma.
Cesaron los rugidos.
Calmáronse los ojos;
las lágrimas saladas
fueron absorbidas.
La madre, mirada penetrante,
atenta, vivía la guerra terminada.
La paz se hizo presente;
solo los peces, los pájaros,
buscaban las palabras.
Nosotros nos reconocimos;
el vino no logró
nublar los ojos lúcidos.
Fue del arpa saliendo
el envolvente hilo
que teje la estructura brillante,
transparente.
Llegado su momento,
agarrando de un cabo
nos fuimos extendiendo;
diluyendonos en la gracia
y en filo del palpitar diario.
Dorita.
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