Tal vez
el mayor manjar
de mi infancia
el sabor de las campanas
escuchadas los domingos
en tiempo de cerezas.
El sonido de la carrera
cuesta abajo,cuesta arriba,
llegando al pueblo.
El agua fresca
sobre la cara.
La subida apresurada
a la Iglesia
antes del toque
de la una.
Los cantos
que nadie ha osado variar
y que a fuerza de ser escuchados
todo el pueblo
los domina.
Las charlas a la salida,
en el pórtico y en la barbacana
desde la que se divisa
todos los campos
adornados
de bolitas rojas.
Las sardinas asadas en las Eras
y la vuelta al tajo
hasta que falta la luz faltaba
para poder ver los frutos.
Sin duda,
otros tiempos.
Dorita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario