Un hombre de unos treinta y tantos,
así sin ton ni son,
al verse sorprendido
por otro de setenta y cinco
poniendo a orinar a su perro
en las paredes de la vivienda del segundo
le propina automáticamente
un monumental codazo
en su pecho.
Se escuda diciendo que es un encontronazo.
Vileza lo llamo yo.
Dorita.
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