Cuando la adoptó
ladraba desaforadamente a todos.
Era imposible acercarse a ella.
Cuando me hacía la tonta
y a pesar de las advertencias
hablaba con normalidad a su dueño,
escondía el rabo entre sus patas
y se colocaba pegadita a la única persona
en la que confiaba.
Han pasado ya casi cinco años
y a día de hoy se deja acariciar con cariño
y placer.
Últimamente la doy
el pequeño bizcocho
que me colocan al lado de mi café
descafeinado,
no solo me demuestra ternura
sino que me mira con ojos suplicantes
para que ni se me pase por la cabeza
comérmelo.
Su dueño me mira con desaprobación.
No quiere azúcar para el animal.
Pero yo creo que ese lazo
creado entre nosotros
prolonga la vida de Vera.
Dorita.
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