Llegaron,
sin recordar lo juntos vivido,
fueron desgranando
pequeñas cosas sin importancia.
Así, sin más,
nuestros ojos se miraban
y la risa se encargó
de engrandecerlo todo.
Nuestras insignificancias
iban acariciando nuestras almas.
Llegado el momento
de partir
las sillas se nos pegaron,
no querían abandonar
nuestras posaderas.
Dorita.
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