Solía la señora Nuncia
arrojar los restos de las comidas
por una alcantarilla,
junto a su casa.
Era justo allí
donde mi hermano las cogía.
Las personas mayores
aterrorizadas.
Tenía él una sabiduría innata
para hacerlo
sin sufrir ningún daño.
La que si entraba en pánico
era yo
que andaba cuidándole.
En mi casa
jamás se sintió el peligro.
Cuando mis padres llegaban del campo
había otras historias
de las que ocuparse
y los niños
en perfecto estado.
Aún hoy en Rucandio
estos animalitos
se hacen presentes cuando quieren.
Al último médico
que tomó nota posesión de su plaza
fue justamente una
quien le recibió en la consulta.
La tiene guardada en alcohol.
Dorita.
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