No el abrasador
de un Sol radiante.
Ni tan siquiera se le ve.
Escondido
detrás de una difusa tela blanquecina.
La piel pegajosa.
No vuelve a su ser
ni tras una esperanzadora ducha.
El paseo autoimpuesto...
asfixiante.
Ni los plantones,
primorosamente colocados
por los niños de primaria,
me deleitan
Dorita.
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