Recuerdo
que en una ocasión,
le dije
a una señora
que el problema
de su hijo
no radicaba
en su inteligencia
sino...
en ser "flor de invernadero".
No hubo
segunda intención.
Tan solo
la pretensión,
de hacer poner
en valor
que no había
que proteger
hasta la exageración.
La cosa
llegó
a tal grado
que al coincidir
en el supermercado
me espetó
a bocajarro
que aquellas palabras
jamás
me las perdonaba.
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