A su primer hijo,
una bala
le voló los sesos
el último día de la guerra.
Su marido fulminado
como el buey
sentenciado por el veterinario.
El tejado,
un colador que animaba
a los champiñones a crecer.
Las noches al sol
cortando madera.
El burro rebuznando
confirmando
la presencia del traidor.
Parece mentira,
aún siento
los latidos de mi corazón.
Dorita.
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