A los pies de la Peña,
encerrada a cal y canto
en nuestra Iglesia,
vive la Magdalena.
A los del Cristo,
por los pecados del Hombre
anda llorando.
Con sus ondulados cabellos los seca
del perfume derramado.
Espera y no desespera
un nuevo tiempo,
cuando entre rosas y romero
sean las puertas abiertas.
Por Julio,
cuando anda engalanado el Valle
de espliego y de cerezas.
Dorita.
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