La suerte
sigue instalada
en nuestra ciudad.
Los mirlos
no cesan de cantar.
La lluvia la acaricia
como si fuese un bebé.
Ella
se regodea
con este acto de amor
y embellece.
El mar,
con su suave murmullo,
se acerca,
se aleja,
todo un juego
de enamorados.
Dorita.
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