Tímidamente
se acercó
vestida de incomprensión,
de angustia y de soledad.
De tantas cosas me habló
que ablandó mi corazón.
La abrí
las puertas del alma,
las ventanas con emoción.
Aquella niña tan tierna
que desarmada llegó
de mi casa se hizo dueña,
posesión de todo tomó.
Si no logro rearmarse
y ponerme
en pie de guerra
me hubiera echado a mí,
se hubiera quedado con ella.
Cuidado con la tristeza.
Ni es humilde,
ni es buena,
más bien
una astuta fiera.
Dorita.
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