Si de orgullo se trata
y sin entrar en discusiones,
hoy aquí yo reivindico
el rojo carmesí de mis mayores.
Con elegancia y distinción,
el más fuerte de los hombres
o el por todos convenido
que así debía de ser
paseaba por los campos
el día de San Isidro
y todos detrás en procesión
ese enorme palo con la tela roja,
que no era para cualquiera
sino para el capaz de llevarlo
para bendecir los campos.
Verdad entre verdades.
¡Qué manzanas y cerezas
se crían en estos lugares!.
Dorita.
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