Sus casas no pueden entender.
Robustas,
de legendaria sillería.
Orgullosas de sus moradores.
Se evaporaron sus almas.
Siguen flanqueando calles
dónde se respira
un silencio espeso
cuajado de desaliento y resignación.
Se masca
la humillación de la ausencia.
Las flores de los balcones
sustituidas
por zarzas y helechos
mostrando sus caras
entre las rendijas labradas por el agua.
Dorita.
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