Todos somos perdedores.
No nos engañemos
con falacias e ilusiones.
Muy temprano,
perdemos la niñez,
nuestro más preciado Tesoro.
Perdemos la adolescencia
que por ser tan puñetera
hasta está bien el perderla.
La juventud se nos escapa
de un soplido,
entre las manos.
Y sin casi darnos cuenta,
por ahí vamos
paseando nuestras canas.
Y de pronto,
nos damos cuenta
que la memoria es traicionera.
Que día a día
no es la que era.
Perdemos seres queridos
arrancando un trozo
de nosotros mismos.
Y llega el punto final.
Para el creyente
de la vida eterna es consciente.
Para el ateo...
tal vez ni lo sea porque ....
¿Dónde está la línea del creer?.
¿Y quién lo puede juzgar?.
Dorita.
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