Bello niño
entre pañales de seda criado.
Ojos calientes y grandes.
Se pasea por las calles
rompiendo
a las azucenas el talle.
Luceros alimentados
con la gracia de una madre.
No hay rey,
no hay reino
que los haga comparables.
De esa aceitunada piel
anda la noche
enamorada,
de los dientes de diamante
y de su sonrisa grana.
Desde que se fue a la guerra,
en el cielo no hay estrellas
ni juncos en las riberas.
Por la estepa Ucraniana,
anda solo,
anda errante,
en busca de un bosquecillo
para arrodillarse.
No quiere que nadie le vea
como reza entregado
a la virgen,
por su madre.
Dorita.
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