El monte y el campo
en tí se encarnaron Rucandio.
Desde las alturas,
nutrido por la nieve;
con las heladas perduras.
Tus deleites,
los músicos cantores;
sin faltar los ruiseñores.
Descorazonar al hombre
de inmiscuirse en el trazado de este sueño,
tuvo la vida a bien.
Orquídeas silvestres y pan de cuco
dando paso a tus excelsas cerezas.
El tiempo derivando
en tal multitud de frutos
que ni la bien entrada del invierno
impide que de tus árboles
el amarillo de las Golden
siga colgando.
Sobre el suelo,
los últimos membrillos esperan
al jabalí o al corzo.
Destellos de luz,
relumbran en tus ramas los carámbanos.
Imperturbables,todo el año,
las nobles y pardas encinas.
Nada más grande ante los cambios
que volver a tu placenta,
a tu cobijo.
Dorita.
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