La calle
estaba fría.
Tras los cristales,
en un comedor sin gente y sin calefacción,
solos los dos.
El Sol
calentó nuestros rostros
con sorprendente fuerza.
El ceremonioso maître
nos agasajo,
pan tostado con aceite,
acortando la espera de lo pedido.
La misma fuente
acariciaba el tinto y el agua.
Acompañados por el silencio,
las alubias rojas con corzo
y las doradas
se dejaban saborear con placer.
Al terminar
el hojaldre de Torrelavega,
empezó
la llegada de comensales.
El almuerzo
rezumó poesía
por los cuatro costados.
Dorita.
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