La llama
de la zarza ardiente.
No la Bíblica,
la que ni se gasta,
ni se apaga.
La llama
de nuestra zarza
puede apagarse.
Los hombres de la cueva
andan dormidos.
Toquemos las campanas.
Nadie dispuesto
a subir las escaleras.
Nadie recuerda
como han de tocarse
para ser entendido
su mensaje.
Miedo,
miedo.
La escalera de madera
otros hombres
de otra época
la hicieron.
La llama,
al no ser la Bíblica,
va consumiendo
no sólo la zarza,
también los árboles
de los bosques
con sus habitantes.
Siguen durmiendo.
Al amanecer,
todo estará arrasado.
Al despertar,
del inquietante sueño,
abrí la ventana
y el sol me calentó
la cara.
Dorita.
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