Si tú tristeza
no impide
que las margaritas,
cual millones de soles,
salgan a tu encuentro
diciéndote
el no sé qué.
Si al salir
a la calle,
absorto
en tus lúgubres pensamientos,
los mirlos
andan cantando sus trinos
gozosos
de seguir vivos.
Si al bajar al centro,
porque compras el pescado
en el mercado de la Esperanza,
la Bahía te asalta
con la más bella esmeralda.
¿Es necesario vivir
en el eterno regodeo
de sentirse
al borde del abismo?.
Dorita.
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