Escucho,
en silencio,
los trinos de los mirlos
tras los laureles.
Sus almas
ajenas a tétricos vaivenes.
Alzando su vuelo,
a los viejos y tupidos cipreses
se dirigen.
Escondiéndose
de mi presencia,
no dejan sus viejas cadencias;
nuevas hoy
a mis oídos
sedientos de pureza y verdad.
Dorita.
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