No volvió
a ser París,
tras la primera guerra mundial.
La desconfianza
se instaló.
Mancha feroz
que ni la lluvia,
ni la nieve,
lograron que desapareciera.
Tampoco Rucandio
recobró su esencia
tras nuestra guerra civil.
Sí,
las casas siguieron estando
siempre abiertas;
en su corazón latiendo
la amargura.
Las flores de sus cerezos
no han sido capaces
de completamente disipar.
Otra catástrofe del pelo
no ha de tener lugar.
Dorita.
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