Rompiste
de un plumazo
un orden
que se iba solito
estableciendo.
Ese discurrir
de un pasado
que iba decido saliendo
en su orden.
El que había decidido fuera y no otro.
Y ahí
justo cuando la poesía
se estaba deleitando
en un armónico baile
con el pasado
te lanzaste al tijeretazo.
Está bien.
Más a partir de ese momento
todas esas energías
que iban en los cuerpos resurgiendo
también
paralizadas quedaron.
Como los fósiles de Rucandio,
petrificadas.
Lo que podía haber sido.
Sí no una novela,
si un bonito relato coral,
con imperfecciones
de eso no cabe duda,
cayó en el abismo para siempre.
Ese juzgar que mata
y que todo lo estropea.
Dorita.
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