A las cinco.
Sí, a las cinco.
Aunque parezca mentira,
las nubes negras
por la Peña se descuelgan
y galopando
se acercan.
Casi sin darme cuenta,
la noche cae de golpe.
Mi mirada,
atravesando el cristal,
solo ve
de los libros su reflejo,
de las farolas
luz blanca,
de la Peña
la silueta.
Tras ella
un azul marino oscuro,
que más y más se oscurece.
Las gotas
en el vidreo andan pegadas;
parece querer quedarse
al abrigo del calor de la ventana.
Fuera
todo anda lloviendo y frío.
En las hojas muertas,
del suelo,
los dorados se entristecen,
se apagan y se enegrecen.
Dorita
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