Aprendí a montar
con la burra de la Señora Emilia.
Era dulce, tranquila
y adorable.
Jamás tiró a ningún niño.
Supongo que al señor Felipe
no le haría demasiado feliz
que siempre estuviera rodeada de niños
con ganas de montar
y peleándose por ello.
Ninguna queja.
Ninguna mala cara.
Dos ángeles en la tierra.
El señor Felipe,
esto lo vi con mis propios ojos
y el me lo contó,
en sus ratos libres
limpiaba desinteresadamente
las lindes de pueblo.
Me contó que lo hacía para evitar
en caso de quema
que las llamas llegaran al pueblo.
Ejemplos de vida
que jamás he olvidado
y tampoco quiero olvidar.
Ningún niño llegaba a la casa
de la Emilia
sin salir de ella con los bolsillos
llenos de avellanas.
No había nadie en el pueblo
que tuviera más avellanos
que ellos.
Dorita.
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