No era grande esa chimenea,
más o menos
como la de la Constancia y Eliseo.
Allí no había gatos.
Se quedaban rondando por la cuadra.
Desde luego allí,
no fueron juguetes de nadie.
Encima del fuego,
a una distancia prudencial,
habían clavadas muchas puntas
de las que colgaban los chorizos.
Destilaban de ellos gota a gota
grasa derretida
que a saber dónde iba a parar.
Junto a las ascuas el trípode
sobre el que descansaba
un puchero de barro
cociendo el alimento de cada día.
Dorita.
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