En aquel instante,
sentí aquellas fragancias
de hierbas montaraces.
Bajo aquel Sol radiante,
de aquel día de agosto,
la Naturaleza,
toda entera,
me dió la bienvenida.
Diríase que el monte
había preparado,
por un tiempo infinito,
aquel recibimiento.
Las florecillas,
lejos de toda petulancia,
pretendían
pasar desapercibidas.
Aquello fue imposible
pues entre los aromas
mis ojos cuidadosos
buscaban presurosos
ansiosos encontrarlas;
Sin despreciar las zarzas,
tampoco los brezales,
un suave vientecillo
me fue encarrilado
a un claro
tupido de tomillo.
Allí también vivía
una vieja morera.
No pude resistir
y sus frutos probé.
Su sabor excelente
y al tiempo perfumados.
Comprendí
que era el Paraíso
donde estaba .
Dorita.
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