Y me fue enviada,
así,
de forma inesperada
una fotografía
de la Tierra mía.
Esa Tierra
qué es solo cielo y tierra
y allá,
en la lejanía,
una deslucida,
Luna.
Y que, en Diciembre,
se tiñe de infinito.
La dureza de su clima
intensifica
ese sentimiento
de soledad,
de desamparo;
obligándonos a dejar
que el infinito
haga lo mejor
en estos cuerpos desarmados.
Dorita.
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