No me cuentes
ni donde,
ni cuando,
ni como,
he de entrar en tu Reino.
Si no se encuentra
en medio de la jara
y el romero.
En la dorada encina.
No me lo muestres.
No admito
ese juicio eterno.
Tampoco el otro.
Mi paraíso
en el picarralincho,
en el águila
sobrevolando la montaña.
Dorita.
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