Era el verde esmeralda
quién andaba bailando
en la lontananza.
Quiere con su canto
arrancar de cuajo
las penas amargas.
Al rojo carmesí,
de la sementera,
le escuché gritando:
"esta tierra vieja
es la tierra nueva".
El oroazulado
se dejó caer.
Con sus manos,
llenas de rocío,
me ofreció una copa.
No de vino amargo,
no de dulce vino.
Una copa de ese vino
que tú y yo sabemos.....
ese nuestro vino.
Dorita.
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