El señor Gaspar
no había salido nunca de Rucandio.
Ni había querido,ni había dejado
de querer...
simplemente no había tenido necesidad
de ello.
Allí en el pueblo tenía todo lo que necesitaba.
No habia necesidad de salir
al pedo.
Pero resultó que un día volviendo
del tajo,desde Ballorca,
tuvo un mal tropiezo y cayó
con tan mala suerte que se destrozó
el tobillo.
Allá en Las Trescientas Camas
lo que en un primer momento
se le representó como una catástrofe
terminó siendo una de las mejores
experiencias de su vida.
Nunca había contemplado
tantas caras bonitas,
sin hablar de sus piernas,
en un lugar.
Volvió al pueblo radiante,jovial.
Eso sí,a pasar de lo contado,
nunca más volvió a caerse.
Dorita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario