Con afán
que el pan de cada día
no faltara,
se embarcó
en aquel pesquero.
Dejó su tierra,
se fue alejando
de su gente,
de su lengua.
Salió valiente,
marinero bravo
que jamás
por su vida temiera;
Quiso el destino
que aquel martes
la galerna
de madrugada
les sorprendiera.
En su imaginación
todos presentes.
Por los últimos abrazos
mil vidas hubiera dado.
No solo fue el sentir
que su vida y los cuidados
se acababan,
peor el contemplar
como la desesperanza
a sus compañeros
empapaba.
Puñales
en su corazón clavados
los lloros de su Villa de Pitanxo.
Dorita.
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