Perdió el candor
el cartero.
Le robaron sin piedad
la sonrosada sonrisa
de una niña enamorada.
Ese saltar de alegría
de los padres que reciben
las palabras cariñosas
de su hijo
en Singapur.
La ternura en los ojos de la anciana.
Al final
llegó la carta
de esa hija misionera
que de puro jardinera
busco en Burundi
un destino,
bien incierto.
Dorita.
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