Mi ángel,
desencantado
de mi desangelado abandono,
decidió partir;
sintiéndome tibia,
supe lo que ocurría.
No se alejó tanto
como para no escuchar
mis lamentos.
Ya,
junto a mi,
en silencio,
en quietud,
no articuló palabra.
Esperaba
las mías.
No explicaciones
por mí insolente desdén,
sí
las de agradecimiento.
Dorita.
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