Vivía aferrada
a la incompleta soledad.
No la buscada,
no la vivificadora.
De eso yo
poco conocía.
Después,
me acostumbré
a la ternura sanadora del abrazo.
Expontaneo.
No buscado,
encontrado.
Manos extendidas,
más grandes
que las blancas alas.
Manos compitiendo
con los ángeles.
No,no creo
que vaya a morirme
si se expanden hacía el infinito
antes que las mías;
descanso en su morada
tanto como en el regazo del Padre.
Dorita.
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