Nada me lo impidió.
Ni el sofocante calor,
ni el pensar
en los salvajes animales
de los que con tanta insistencia
me han prevenido.
Ni las garrapatas
para introducirme
por los más recónditos parajes.
Ni esas bolitas
que a mí ropa y zapatillas
se pegan
y luego me cuesta un triunfo
eliminar.
Vital necesidad el andar.
La naturaleza saborear
como el mejor manjar.
Después...
cansada no
solo sin fuerzas
caía rendida
primero en el sofá
y después en una preciosa cama
de la que hace
más de treinta años me enamoré.
Placentero sueño
interrumpido
por los primeros rayos
y de los pájaros los trinos.
Dorita.
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