martes, 19 de agosto de 2025

La cuesta de las lamentaciones

 Resulta

que al ver a la Juanita

subir y bajar desesperada

por la cuesta que hay 

nada más salir de mi casa de Rucandio,

la pobre se lamentaba

con tal dolor

que yo no recuerdo haber visto nada igual;

lo hacía sobretodo

porque no podía entender la crueldad

de quienes habían talado

a sangre fría su cerezo.

Pues bien resulta

que inmediatamente

me vino a mientes la imagen de Don Anfi,

el yerno de la Juliana y marido

de la Mari alias la caballo,

haciendo lo propio

porque la Juliana le quería gobernar

y que hiciese lo que ella le ordenaba.

En aquellos entonces

fue a mi padre a quien le contó sus penas

no queriendo volver

ni bien ni mal

al lecho conyugal.

Fue mi padre quien le convenció.

Seguro que de ese tipo de problemas

entendía mucho o muchísimo.

Y el hombre resistió.

Murió a principios de este año

a la respetable edad

de noventa y ocho años.

Y la Mari alias la caballo

se ha debido de volver medio loca

y le han llevado

a una residencia.

Será mandona,no lo dudo,

pero no mala .

Eso no.

Eligió como amiga a mí tía Concha

la que dedicó su vida en Burundi

a leprosos y otras personas

que vivían miserablemente.

El caso es que no quiso ni volver

aquí ni cuando las grandes matanzas

de Hutus y Tusis.

Allí está enterrada.

Murió de deshidratación.

El agua tenía metano

y tenía que ser tratado.

Tardó y murió.

Cuando nuestra guerra civil 

la única que tenía turrón

era la Mari y lo compartía 

con mi tía Concha

que no se lo comía

y lo llevaba a casa 

para compartir con sus hermanos.

Dorita.




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