Resulta
que al ver a la Juanita
subir y bajar desesperada
por la cuesta que hay
nada más salir de mi casa de Rucandio,
la pobre se lamentaba
con tal dolor
que yo no recuerdo haber visto nada igual;
lo hacía sobretodo
porque no podía entender la crueldad
de quienes habían talado
a sangre fría su cerezo.
Pues bien resulta
que inmediatamente
me vino a mientes la imagen de Don Anfi,
el yerno de la Juliana y marido
de la Mari alias la caballo,
haciendo lo propio
porque la Juliana le quería gobernar
y que hiciese lo que ella le ordenaba.
En aquellos entonces
fue a mi padre a quien le contó sus penas
no queriendo volver
ni bien ni mal
al lecho conyugal.
Fue mi padre quien le convenció.
Seguro que de ese tipo de problemas
entendía mucho o muchísimo.
Y el hombre resistió.
Murió a principios de este año
a la respetable edad
de noventa y ocho años.
Y la Mari alias la caballo
se ha debido de volver medio loca
y le han llevado
a una residencia.
Será mandona,no lo dudo,
pero no mala .
Eso no.
Eligió como amiga a mí tía Concha
la que dedicó su vida en Burundi
a leprosos y otras personas
que vivían miserablemente.
El caso es que no quiso ni volver
aquí ni cuando las grandes matanzas
de Hutus y Tusis.
Allí está enterrada.
Murió de deshidratación.
El agua tenía metano
y tenía que ser tratado.
Tardó y murió.
Cuando nuestra guerra civil
la única que tenía turrón
era la Mari y lo compartía
con mi tía Concha
que no se lo comía
y lo llevaba a casa
para compartir con sus hermanos.
Dorita.
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