El miedo,poco a poco,
también fue calando en nuestra
familia.
A ver lo que nos estaba ocurriendo,
muchos de nuestros clientes se sinceraron
con nosotros hablando con claridad
de lo difícil que les estaba resultado
vivir en el País Vasco y como se estaban
planteando abandonar el lugar.
Fueron años de angustia.
El contemplar a personas que querías
volver a pasar las vacaciones con
catorce o quince kilos menos y demacrados
se que caía el alma a los pies.
Como las agresiones a los cristales
continuaban y mis padres seguían
bajando le aconsejaron hacerse con
un arma y que de alguna forma
se supiera que la tenía.
Tuvo mi padre que comprarla y
legalizarla.
Consiguió el permiso,dadas las circunstancias,para poseerla.
En cuanto la situación se empezó
a normalizar mi padre se la vendió a bajo
precio a quien se la había comprado.
Ninguno en nuestra familia queríamos
tenerla en casa.
Dorita.
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