Ni en el teleclub,
ni en la taberna.
En mi pueblo,
no se hablaba de política.
Regla no escrita.
Por todos sabida.
Solo mi abuela,
en el silencio de la noche,
solía lamentarse:
"pobre Francisquín",
el último día de la guerra,
una bala perdida
le atravesó los sesos.
También oí,
en algún descuido,
que el cura de Hozabejas
pasó la guerra en las "Peñas Coloradas".
Todo el mundo le subía comida,
se salvó por los pelos.
Otro día,
al subir al pallo,
donde mi madre y mi abuela
estaban haciendo morcillas,
oí como se estaban lamentando.
por un familiar maestro
obligado a pasar el río helado.
Sus piernas se volvieron moradas,
murió.
Al sentirme,
silencio sepulcral.
El que sí hablaba de política
era el seños Fabián.
Un malas pulgas
pero muy bueno.
Me daba dos reales
por ir a por celtas o picadura.
El pueblo le tenía controlado.
Nadie entraba en sus soliloquios
de amargura política.
Abandonaba la taberna
despotricando
contra todo y contra todos.
Dorita.
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