Junto al azul eterno
anda la sombra cansada.
Va recorriendo las calles
con las luces apagadas.
Las farolas centelleantes
rasgan el adoquinado
como a una piel de serpiente.
En un silencio profundo,
resuenan unas pisadas
sobre la calle mojada.
Las estrellas del ancho cielo
se apiadan de su mirada;
no reconocen al niño
que corría de chiquillo
Rambla abajo al pasadizo
para meterse en el agua.
Este hombre
ya no es hombre,
lleva en el pecho un puñal.
Presume de valiente.
El alma lleva manchada.
Dorita.
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