No sin antes increparle
a la mesera sobre el estado de aquel
aparato.
La mujer, casi completamente desdentada,
se acercó y anduvo haciendo que hacía.
Bien sabía que estaba en el mismo
estado que todos los días.
El individuo volvió a entrar.
Volvió a insistir pretendiendo
que las monedas empezaran a caer
en cascada y pidió más cerveza.
Casi pegados a él una pareja de entre
sesenta y setenta sin asear
y con cara indefinida.
Hastío.
Hartazgo en sus desilusionadas
miradas, sin pronunciar palabra alguna.
Mi café...
caliente y delicioso.
Pedí azúcar moreno y la señora
me hizo toda una disertación
de porque había acertado pidiendo
eso y no blanco.
Me dijo que ella, que tomaba muchísimos
a lo largo del día,
notaba en su cuerpo la diferencia
al irse a acostar.
A punto de abandonar el lugar
entro un hombre mayor pidiendo
un sol y sombra.
Dorita.
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