A la chica en cuestión,
cuyo nombre ya no recuerdo,
se la saltaban las lágrimas de agradecimiento.
Salimos todos de clase bien calladitos
pero al día siguiente se presentó
la buena mujer con un anillo de oro
y un rubí engarzado.
Le expliqué que no era la primera vez
que hacía eso.
Que soy muy impulsiva y defensora
en muchas ocasiones de causas perdidas.
Que no aceptaba el regalo.
No hubo forma de convencerla.
Además no paró hasta presentarme
a su novio e invitarme a su vivienda
a degustar las comidas típicas del lugar.
Lo que recuerdo como excepcional
fue una comida en la que preparaban
a parte queso fundido y lo vertían
sobre ella.
No recuerdo los otros ingredientes.
Dorita.
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