Y a mí...
sin ningún control
a fuera...
a hacer lo que quisiera.
Y lo que más me gustaba era
dormir gallinas.
Por allí andaban las de la Faustina.
Nada se cogía una
se doblaba su cabecita
y se la colocaba debajo del ala.
Después se la acunaba y se quedaba sopa.
A mí nunca se me murió ninguna.
No faltó a quien sí.
Cuando eso ocurría
la pobre Faustina llegaba a clase
a quejarse amargamente
a D.Pilar.
Automáticamente todos castigados.
Como su casa estaba al lado,
desde la ventana de la cocina
nos controlaba
y nos hacía quedarnos repasando
hasta que oscurecía.
Dorita.
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