Paco ,el de la difunta Emilia,
ya era un hombre hecho y derecho
cuando yo era un renacuajo.
Me quedaba ensimismada
oyéndole silbar.
Me fijaba como colocaba los labios
y lo intentaba...pero nada.
No había forma de que me salieran
bellos sonidos.
Ni sonidos.
Era capaz de que por su boca
saliesen las más bellas entonaciones.
Al final,lo logré.
Ni de lejos lo que él hacía.
La señora Emilia,en la Iglesia,
también me deslumbraba
con su cantó agudo y delicado.
Nadie lo hacía mejor.
Yo pensaba que a lo mejor se esforzaba
más por tener un hijo Carmelita.
Un auténtico Santo.
Ángel,era su nombre, y mi tía Concha
no sé separaban de niños.
La Nisi su hermana me dijo ya de mayor
que jamás hubiera pensado
que estos dos acabaran en la vida
consagrada.
Los dos de una bondad poco común.
Dorita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario